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¿El primer emigrante legal icodense en Venezuela durante la dictadura franquista?

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Tomás Servando González, un ‘valerio’ desde la diáspora sevillana

Se trata de mi padre, Fidencio González González, nacido en Redondo, pero residente en La Marzola durante 10 años, tras casarse el 25 de mayo de 1940 con su prima, la “valeria” Isabel Regina González León, con 23 años él y 21 ella. Isabel era la segunda de los valerios marzoleños que se casaba, pero al contrario que su hermana Carmen, trajo a su pareja a vivir en “las casas” de sus padres, aumentando el “rancho” a 12: sus padres José González Pérez y Juana León Rosquete, 2 tías paternas solteras, 5 hermanos (José Victoriano, Cirilo Eustaquio, Juan Ramón, Pedro Telmo y Miguel Liberato), una hermana (Juliana Candelaria), ella y mi padre.

Meterse en La Marzola a formar una familia, recién acabada la guerra guerra civil y en tal estado de hacinamiento, era una auténtica locura. Seguramente fue porque no le quedó otra posibilidad, pues en la casa familiar de Redondo, aunque no vivía tanta gente (solamente había 5 convivientes en ese momento: sus padres Domingo y Angustias, su hermano Donato y la nueva pareja que se había formado un año antes, su hermano Sixto y su cuñada y prima Carmen Basilisa), entenderse dos hermanas jóvenes recién casadas bajo el mismo techo podía ser muy complicado.

Fidencio González

Seguramente pensó que sería algo transitorio, pues tenía esperanzas de continuar trabajando en la venta-frutería “Los Magos” de su cuñado Gregorio Pérez Delgado (viudo por la muerte de su hermana Eustaquia en 1934) y su primo Joselillo, en el nuevo barrio “Salamanca” de Santa Cruz, pero tras su llamada otra vez a filas en julio de 1940 y el declive de la frutería con las cartillas de racionamiento, todo se desvaneció.

Lo lógico hubiera sido sacudirse el polvo que cogían sus “lonas” en las huertas y caminos entre Redondo y La Marzola y buscar mejores horizontes fuera de allí, como hicieron sus 3 cuñados/primos (José, Cirilo y Juan), que se casarían después con jóvenes de la costa, donde no tuvieron problemas para encontrar trabajo en las fincas-haciendas de los viejos y advenedizos terratenientes, exultantes con la nueva administración franquista.

Él optó o se vio obligado a seguir trabajando la tierra, sin darle la espalda en ningún momento al traicionero cielo, para que no le estropeara ninguna cosecha. Y, por supuesto, a cumplir al pie de la letra las consignas católicas de “prole numerosa” para afianzar la nueva patria, que creía que había contribuido a salvar excavando trincheras en los frentes catalano-aragoneses. ¡Cuatro hijos en la década de las hambres no está mal! Yo sería un desliz de finales de la década siguiente de autarquía familiar y nacional.

Pero de esta inercia alienante lo va a sacar alguien, que se convertiría en su socio, amigo y compadre, Francisco León Luis (“el Canelo”). Él fue quien le habló de la emigración, no de la cubana, como había sido la tradición familiar en las décadas anteriores, sino de la venezolana, que estaba creciendo a causa del boom del petróleo… En Caracas era posible montar, por sus expectativas de consumo, algún negocio relacionado con lo que ellos conocían muy bien: los productos agrícolas.

El encuentro se produjo en la misma Marzola a finales de 1948 y el 12 de abril de 1949 tenía ya en su mano un pasaporte para “Venezuela y países en tránsito”, con validez por un año. Iría por delante su socio, que montaría una “frutería”, desde la cual lo reclamaría a través de una “carta-contrato”. Y así fue.

Eran momentos de gran incertidumbre para hacer un viaje de ese tipo, pues hasta 1948 la emigración canaria a Venezuela había sido clandestina, protagonizada mayoritariamente por los republicanos perdedores de la guerra y represaliados del franquismo, que no podían seguir escondiéndose más. Organizaban sus viajes en veleros o barcos de pesca (los “cayucos” del momento), durando sus travesías más de un mes.

No sé cómo hizo su viaje “el Canelo”, pero mi padre sí contó con tiempo suficiente para preparar una travesía legal. En enero de 1950, el cónsul venezolano en Santa Cruz, José Roberto Vivas, pronunció estas palabras, que seguramente causaron un auténtico “efecto llamada” entre el campesinado que pudo enterarse: «Por razones climáticas, de idioma y de costumbres, así como por su vocación a la agricultura, resultan convenientes los canarios a Venezuela».

Representaba una declaración de intenciones de la nueva política de inmigración del presidente interino Germán Sánchez Flamerich, tras el golpe militar de 1948, que abría las puertas a la inmigración española (ya lo había hecho a la europea en la década anterior) y, preferentemente, a la canaria, por su marcado perfil rural. Además, al contrario que los presidentes anteriores, expresaba un claro entendimiento con la dictadura de Franco, que llegaría a su culmen bajo el dictador Marcos Pérez Jiménez (1952-58).

El viaje de mi padre se produjo en la segunda quincena de febrero de 1950, mientras mi madre estaba a un poco más de la mitad del embarazo de mi hermano Jesús. Y embarcó en el «Vapor Habana». Voy a compartir los 2 documentos que tengo al respecto, una postal de dicho barco y un artículo del delegado de la Compañía Trasatlántica en Canarias (1984-1993):

– La postal es pura ternura. Está fechada el 26 de junio de 1950 y va dedicada a los tres hijos que había dejado en La Marzola (de Jesús no tenía aún noticia de su nacimiento), principalmente a la más pequeña (4 años), María de los “Sángeles”. Sus hermanos mayores, Nicéforo y Eufrasia, la verían primero, y después se la darían a su hermanita para que viera “el barco” y la guardara. Y se despide con besos, solo de ella. En la descripción en general, se percibe que él también alucinó con el barco y nos dice que solo fue su cuñado Pedro (uno de los 3 solteros que quedaban en la casa) a despedirle.

– El artículo lo firma Manuel Marrero Álvarez. En él nos refiere las diferentes adaptaciones que le habían realizado y sus últimas travesías: procedente de USA, descargó en los puertos de Santa Cruz y Las Palmas el maíz que transportaba en la bodega; luego fue a los astilleros de Puerto Real, para que le hicieran unas reparaciones; regresó al puerto de Santa Cruz, donde fue sometido a un proceso de limpieza-desratización de sus bodegas, momento en que encontraron muertos a 3 polizones. Finalmente zarparía, con 59 pasajeros (mi padre entre ellos) hacia La Guaira, a las 4 de la tarde del 15 de febrero de 1950: https://delamarylosbarcos.wordpress.com/tag/venezuela/

Por tanto, Fidencio llegaría a Caracas a finales de febrero de 1950. Inmediatamente se incorporó como socio a la frutería de Francisco, sita en la avenida Monte Piedad, 30. Abrían diariamente a las 5 de la madrugada. Y el trabajo sería tanto que, hasta finales de junio, no tuvo tiempo de sentarse y escribir la postal comentada.

Ese verano debió llegar su sobrino Bernardo, el segundo hijo de su hermano mayor Pepe, al que contrataron como empleado en la tienda. Y, en noviembre, llegaron su primo Joselillo, que le compró al “Canelo” su parte del negocio, y su sobrino Generoso, que terminaría incorporándose también como socio a la frutería, a finales de 1951, la cual transformaron bautizándola como “Abastos los Isleños”, pues respondía al tipo de tienda que habían tenido en la calle Prosperidad, n.º 13, de Santa Cruz, en la que vendían, además de verdura y fruta, otros artículos no perecederos de alimentación. Por esas fechas hizo su primer “giro de dinero” (20.000 pesetas al cambio), para que mi madre le abriera una “cuenta de ahorro a plazo fijo” a cada hijo, con 5.000 pesetas para cada uno.

Y esa sería la rutina diaria como emigrante hasta el verano de 1953, cuando decidió vender su parte a sus dos socios y volver con su familia, a seguir haciendo lo que más sabía hacer, cultivar el campo canario, pero no ya en La Marzola sino en Redondo, pues su primo Joselillo le pagó con todas las tierras que habían heredado él y sus dos hermanas en el Llano de la Peña y Las Correderas de Redondo y, su sobrino Generoso, con dinero en efectivo, con el que compraría el Llano de Afuera y el monte de Los Mancos.

Regresó a Tenerife con 36 años cumplidos. Por tanto, con toda una vida por delante para disfrutar. Pero no fue así. En la casa número 2 del Llano de la Peña vivieron 3 años (1954-1957), pero luego se hizo otra, a su imagen y semejanza, en la finca del Llano de Afuera, en la que nací yo a finales de 1958. Pero ya venía mostrando síntomas de una enfermedad hereditaria cuyo origen y tratamiento se desconocía entonces: un enfisema pulmonar, provocado por el “déficit de de la proteína alfa 1-antitripsina”. Murió 12 años después de su llegada, en septiembre de 1966, en una casa que le prestó su cuñada Adelaida, en el Camino Los Cuatro Caminos, n.º 8 (Las Cañas), para ver si mejoraba con el clima más suave de la costa.

¿Cómo valorar su legado…?:

  • En su aventura venezolana, sin duda, contribuyó a crear la primera colonia de emigrantes “valerios icodenses” en la capital de Venezuela, a la cual se irán incorporando, a lo largo de la década de los 50 y principios de los 60, otros familiares (Inés del Carmen, Sixto, Donato, Adelina, Guillermo y Marcolina, Silvestre y Teresa, Antonino y Quirina, Raimundo y María del Carmen, Gregorio e Hilaria, Olegario, Juan, Gabriel y Eurfrasia, Luis) y otros allegados (Dionisio y Juanita, Benito Amaro, Felipe “el caletero”, Antonio Fregel, Manuel Marrero, Juan Barbuzano, Evelio…).
  • Tras el empeoramiento de su enfermedad, decidió acompañar a su hija Eufrasia en el viaje a Caracas para encontrarse con su marido Gabriel, tras la boda por poderes, para probar si el clima caribeño le sentaba mejor, pero después de 7 meses (mayo-diciembre de 1964) sin mejoría regresó a Redondo. Aceptó entonces el ofrecimiento de la casa de Las Cañas de su cuñada Adelaida y abandonó las tierras, que tanto sudor le habían supuesto, en manos de medianeros esquilmadores del lugar.
  • Ni una peseta de ahorro por la sangría permanente de las consultas médicas a don Benigno Martín Torres… El «seguro obligatorio de enfermedad» aprobado en 1942 por el Ministerio de Trabajo y el Instituto Nacional de Previsión, en manos de los falangistas, dejó fuera a trabajadores del campo y desempleados. ¡Así pagó el fascismo español la lealtad inquebrantable de los campesinos canarios!
  • Una viuda dando “ayes” ante la montaña cada vez mayor que tenía delante:

– La muerte de un marido joven en casa ajena.

– Una hija casada, que acababa de dar a luz una hija, asistida por un radioaficionado, que ejercía de practicante y matrón (Fernando Alba), con su marido en Venezuela.

– 3 hijos solteros que no querían oír hablar de volver a Redondo.

– Un menor de 7 años, traumatizado por la incomprensible pérdida de su padre.

– La devolución de prisa y corriendo de la casa, por desencuentros familiares.

No sé si en algún momento se le pasó por la mente la pregunta “¿qué he hecho yo para merecer esto?”, pero resume perfectamente el sinsentido de su existencia… Todos tuvimos que hacer de tripas corazón para salir adelante, sin reproches, sin lamentos por el pasado, pero muy desamparados para afrontar los avatares de una sociedad que él había contribuido a crear sin rechistar (inconscientemente, sin duda), postrados, resignados, silentes, a los pies de las élites caciquiles, recicladas ahora con los estamentos militares de la dictadura.

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